George Haig, el asesino que intentó hacerse pasar por vampiro para evitar la horca

Una selección de los últimos deseos más insólitos de personas condenadas a morir, sin duda destacaría la petición del británico George Haigh por su originalidad.

En vez de solicitar un último plato favorito o un último cigarrillo antes de su ejecución, realizó un pedido inusual: logró que las autoridades carcelarias y la famosa Marie Tussaud accedieran a su deseo de crear una réplica de su rostro en cera para exhibirla en la denominada “Cámara de los Horrores” de su reconocido museo en Londres. Para añadir realismo, Haigh también donó uno de sus conjuntos de ropa preferidos para vestir la figura que portaría su semblante.

La petición de Haigh contenía un deseo de inmortalidad, y a la vez, representaba una paradójica ironía dado que su modus operandi como asesino serial consistía en descomponer los cuerpos de sus víctimas para no dejar rastro alguno de ellos. De ahí su apodo, “el asesino del baño de ácido”, tras haber eliminado al menos a seis personas y desaparecido sus restos sumergiéndolos en ácido sulfúrico.

Esta búsqueda por la fama post mortem no solo logró que madame Tussaud viajara a la prisión de Wandsworth para tomar personalmente las impresiones del rostro del asesino. También lo alcanzó por un detalle que Haigh no anticipó: su ejecución estuvo a cargo del renombrado verdugo británico, Henry Pierrepoint, famoso por haber ejecutado a varios criminales de guerra nazis años antes.

Pierrepoint registró su particular interés en la ejecución de Haigh, mencionando que llevó consigo una correa especial para atarle las muñecas, una herramienta que solo había utilizado en contadas ocasiones y que marcaba con tinta roja en su diario privado siempre que la usaba, indicativo de un especial interés en esas ejecuciones.

Lo que nunca pudo imaginar “el asesino del baño de ácido”, y que no se le reveló antes de su muerte, fue que su cuerpo también sería disuelto, aunque por un método distinto al que lo hizo célebre. Tras su ejecución, fue sepultado en un cercano cementerio en un ataúd de madera con perforaciones que los sepultureros llenaron de agua antes de enterrarlo para acelerar el proceso de descomposición.

Más de quinientas personas se congregaron fuera de la cárcel de Wandsworth para atestiguar la ejecución y posteriormente siguieron el traslado de los restos de Haigh al cementerio. No por simpatía hacia “el asesino del baño de ácido”, sino por la fascinación morbosa que sus crímenes generaron. De este modo, hasta en su camino hacia la tumba, Haigh captó la atención pública que tanto buscaba.

Aunque Haigh trató de proyectarse como un asesino perturbado -incluso narrando actos de vampirismo inexistentes durante el juicio-, esta era una táctica desesperada por evitar la pena de muerte. Porque John George Haigh -su nombre completo según el acta de nacimiento- no era ningún demente, sino un criminal frío, calculador y despiadado cuyo único propósito era apoderarse de las posesiones y el dinero de sus víctimas.

Cuando tenía veinticinco años, se casó con su novia de la adolescencia, Betty Hammer, quien estaba embarazada. Pero pronto terminó en la cárcel y perdió el contacto con su esposa y su hijo.

De la religión al crimen

John George Haigh nació el de julio de en Stamford, en el condado inglés de Lincolnshire, en el seno de una familia extremadamente conservadora y religiosa. Criado bajo los estrictos principios de la secta protestante de los Hermanos de Plymouth, Haigh describiría más tarde cómo creció en un ambiente de fervor religioso constante. Su educación estuvo marcada por la idea de que cualquier mínimo error provocaría la ira divina sobre él.

Abandonó el opresivo hogar familiar a los diecisiete años para trabajar como aprendiz de ingeniero de motores. A los veinticinco años, se casó con Betty Hammer, su novia de juventud, que para entonces estaba embarazada. Sin embargo, su carrera criminal ya había comenzado y ese año fue arrestado por falsificar documentos de vehículos robados.

Tras pasar quince meses en prisión, fue liberado solo para encontrarse sin la compañía de su esposa e hijo. Haigh nunca intentó localizarlos y solo más adelante se enteraría que Betty había dado a su hijo en adopción.

Intentó entonces llevar una vida legal, asociándose con un amigo para emprender un negocio de tintorería, pero la iniciativa fracasó. Luego se trasladó a Londres, donde retomó su habilidad para la falsificación. Fue nuevamente detenido en y condenado a cuatro años de prisión.

“Si les dijera la verdad, no lo creerían. La señora Durand-Deacon ya no existe. Ha desaparecido sin dejar rastro. La he eliminado con ácido. ¿Cómo se puede demostrar un asesinato si no hay cuerpo?”, declaró a la policía.

Un método para tres crímenes

Liberado en , Haigh consiguió empleo en una empresa de Crawley, no con la intención de desempeñar su labor honestamente sino de continuar sus estafas. Su primer asesinato fue un acto de “necesidad” para ocultar su engaño, ocurriendo en . La víctima, un joven llamado William McSwan, casi descubre la farsa de Haigh, quien lo llevó bajo engaño a su taller, lo mató y luego dispuso de su cuerpo usando ácido sulfúrico.

Tras eliminar a McSwan, Haigh engañó a los padres de la víctima, llevándolos al mismo destino fatal de su hijo, y asumiendo el control de sus propiedades y dinero mediante la falsificación. Consumido por el juego, Haigh dilapidó la fortuna en poco tiempo.

El asesinato de los Henderson

Viviendo en el lujoso hotel Onslow Court, Haigh se involucró con el matrimonio Henderson, a quienes asesinó utilizando su conocida metodología y robó sus pertenencias de valor. Luego escribió cartas a sus conocidos para evitar sospechas sobre su desaparición.

Olivia, la última víctima

En , Olivia Durand-Deacon cayó en la trampa de Haigh, quien la asesinó y disolvió su cuerpo en ácido. A pesar de sus intentos por eliminar toda evidencia, restos de su crimen fueron descubiertos llevando finalmente a su captura.

Lo que no anticipó fue que una amiga de Olivia, al enterarse de la cita que tenía con Haigh, comenzara a sospechar y alertara a la policía tras la desaparición de Olivia, lo que llevó a su arresto y el hallazgo de pruebas incriminatorias en su taller.

La estrategia del “vampiro”

Haigh intentó declararse loco al confesar que bebía la sangre de sus víctimas, buscando con ello evadir la pena de muerte. Sin embargo, su intento fue en vano, ya que el jurado rápidamente determinó su culpabilidad y lo condenó a la pena capital.

Mientras el cuerpo de Haigh se descomponía en su tumba, la réplica en cera creada por Marie Tussaud permanece como testimonio sombrío de su existencia, exhibida a los curiosos visitantes de la “Cámara de los Horrores” del Museo Tussaud en Londres.

creditos de las imagenes de este post: Robertocavada.com

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